Las cosas de valor se dejan en casa…
Pues esto me pasó un día primaveral. Tenía cinco años y estrenaba un reloj de juguete, correa marrón, dorada la cajita, un gran lazo en mis cabellos y mi vestidito rosa. Acompañaba a una amiga de mi edad, ella tenía su nana, las tres íbamos al cine. Nos tratamos de acomodar bastante cerca de la pantalla, con nuestros respectivos chocolates. De pronto, apagaron las luces. ¡Gran alegría, empezaba la función! Y pegué un grito tan grande que prendieron las luces de la sala. ¿Qué pasó? Todos se acercaron a preguntar, yo me acurruqué en el regazo de la nana.
— ¿Qué te sucede? -preguntó preocupada-.
— Me robaron mi reloj, alguien me jaló mi reloj nuevo -lloraba desconsolada.
La señora de al lado decía: «Pobrecita, a lo mejor era el reloj de la madre. Sí, seguro era de oro. ¿Era de oro tu reloj?». Yo no respondía, estaba llorando en silencio. Apagaron nuevamente las luces, mis lágrimas no me dejaban ver la película con nitidez. Pensaba en mi lindo reloj, que lo compré con la propina del domingo. Dos pesos apenas, pero era mi reloj, nunca había tenido uno. Y ya sabía ver la hora. Estaba más absorta en mis pensamientos que en la película, cuando de pronto vino una niña y me dijo muy despacio:
— Toma, encontramos tu reloj tirado en el baño.
Claro, qué chasco se llevó el ladrón, un reloj de juguete. Mi destartalado reloj, la correa rota. Pero no importa, lo guardé en mi bolsillo. En casa lo arreglé. Eso si, el reloj... ¡para la casa! Cuando salía a la calle, lo dejaba en mi cajón.




stralunato dijo
Pos tampoco era un ladrón muy espabilao. :)
17 Junio 2005 | 09:14 PM