María Luisa Bombal, una abeja de fuego con aroma a pólvora de Muñoz Coloma
María Luisa Bombal
El atardecer de hoy fue violento, nubes grises y pesadas cubrieron el cielo, haciendo estéril el poco esfuerzo del sol por iluminar los rincones de esta casa, que poco a poco se ha transformado en una fortaleza inexpugnable de los sueños (mis sueños). El peso de la noche se volvió agobiante, el viento se detuvo y en el ambiente quedó flotando un silencio frío como el de las salas de hospital, la ausencia lo colmó todo. Y yo, como hace mucho tiempo, comencé a desesperarme, mi frágil estabilidad desapareció y comencé a encender todas las luces que encontré en cada habitación, en un circuito demencial e interminable (interminable como la cantidad de cuartos que hay acá).
Busqué algo o alguien que me diera cierta esperanza, pero como nunca esta casa se encontraba vacía, quizás como reflejo de mi alma, carente de esperanza y de iluminación. Me inventé cuestiones mentales y pensé en la tierra, en las profundidades, en la humedad e intenté ser optimista, pensé en la semilla que espera en el interior de la oscuridad el día en que verá la luz, el día de la germinación; pero me percaté que nuevamente me engañaba, que no había optimismo en mí, que existen vacíos enormes y que el sufrimiento, a veces, puede ser perpetuo. Siempre admiré a las personas que pueden llorar, porque pienso que se purifican a sí mismos desde el interior, cuestión imposible para mí, sobre todo en este estado de sequedad absoluta en que me encuentro.
Seguí buscando en cada rincón, en cada habitación y de pronto un chispazo iluminó mis pensamientos, fue un aroma, un aroma reconocible; pero olvidado. Provenía del fondo del pasillo del segundo piso, me apresuré, pero la última puerta (la de la esperanza) cada vez se veía más lejana, tras un largo camino (de horas, quizás días) terminó y el aroma se hizo desagradablemente intenso, recién en la sobrecarga de él lo reconocí, era de pólvora. Cuando abrí la puerta me encontré con una frágil figura sentada a la mesa, su palidez y su cabellera negra la hacían parecer a una mezcla de ángel y hechicera, me sonrío con una mueca melancólica. En la mesa se encontraba un revólver, un par de copas y una botella de whisky recién abierta. Me invitó a tomar asiento y dijo que ella también había sufrido, mientras corría el cuello de su chaleco y me mostraba una cicatriz en su clavícula, y que no hay cura para la tristeza y menos para la melancolía, y por cierto, mucho menos para la nostalgia de la nostalgia. Su voz me hipnotizó, así como la fuerza de sus palabras, me senté frente a ella y recién ahí me percaté que era María Luisa Bombal, la abeja de fuego (como la llamaba Neruda), pensé en huir; pero ya era demasiado tarde, el destino y el sufrimiento son implacables.
NOTA COMPLETA:http://www.escaner.cl/
http://rmcoloma.blogspot.com




tania. dijo
simplemente maravilloso.
sabe? ella es fascinante...
la adoro.
y desde hoy adoro du blog.
linda!!!!
7 Julio 2006 | 11:21 PM