LA HUMILDAD NO ES VIRTUD DE LOS POETAS
Por: Nicolás Hidrogo Navarro
(hacedor1968@hotmail.com)
La poesía como creación es un acto tristísimo y lastimero,
saturado de oquedades silencios, hojas en blanco, preñado de frustraciones y decepciones, angustias soponcios, lagunas y vacíos perpetuos, es en estos estados cuasi catatónicos que brota el poema inolvidable, el más apasionado, querido y celebrado. Ese poema drena sin pujos, cual magma de volcán, incontenible opacando a todos los producir o por producir. Son momentos en que el sufrir se licua con el sentir y la necesidad de expulsar, cual chorro caliente, todo ese caudal eufórico. El resto es trabajo, adornación, acicalamiento, ingeniería estética, rebuscamiento de palabras de impacto y sorpresas efectistas. Todo esto que ocurre en sufrimiento, tendrá un correlato posterior con las actitudes del creador y con su postura por la vida, las personas y las cosas.
El poeta nace desconocido, tímido, popular, la fama lo vuelve irascible sobradón, pedante y lo aleja de los demás, quizás este sea un apotema recurrente en los que no se prepararon ni pensaron que la literatura serviría para liberarlos de sus demonios y volverlos trascendentes, sino que no contentos con esto, se pasaron al bando de ir a dormir en los aposentos de los dioses del Olimpo.
El Perú es un colmenar donde han germinando los poetas más excelsos del mundo entero desde la tradición de los anónimos aravicus o arawas, amautas incaicos, hasta la fusión de la poesía cerebral española con la tristeza incaica. Sin embargo esa calidad poética no se ha traducido en una valoración oficial muchas veces hasta después e muertos de su creadores, por sus propias poses, insurgencias y cabezazos que ellos mismo se han dado mientras trajinaban en vida con la poesía y así no han pasado a ser valorados por su azarosa vida, sino se ha valorado sólo un estanco: el poético. Sinónimos de pedantería y vanagloria literaria en el Perú están en las actitudes y comportamientos de José Santos Chocano
y Abraham Valdelomar, (tremendos beodos y morfinómanos – pedagógicamente esto no es ningún mérito y socialmente es un acto anecdótico y marginatorio-) glorias literarias que en vida cultivaron más de un admirador, pero también muchos detractores, no por su poesía o narrativa, sino por su insulsa pedantería y actos reñidos con la contabilidad de la frescura e inocencia de sus creaciones.
Y es que al que escribe se le llama creador (poeta, narrador o dramaturgo), lo cual le confiere casi un intitulo de valía y reconocimiento social, aunque no necesariamente económico. Esto envanece y hace que la vanagloria surja por todos los poros del creador y, después de haber tenido un comportamiento de franco y abierto dialogo, termine, como el Coronel Aureliano Buendía de “Cien años de soledad”, trazando sus propias líneas imaginarias que lo separan de la realidad hasta convertirlos en seres que más que admiración suscitan pena comprensiva por su atormentado delirio de grandeza megalómana.
Los poetas más populares son los que se conservan más asequibles - no para la prensa o el empuje de publirreportajes-, sino para los lectores. Los poetas más exitosos no son los que han atesorado más premios literarios y dinero, los que compran espacios en los medios y los que asisten a cenas de champagne y caviar, sino los que han ganado el cariño, admiración y respeto de sus lectores. El éxito auténtico en la literatura no está en las reediciones, ni en las recepciones oficiales, en los viajes y encuentros cuasi turísticos, el éxito supremo es ganarte de principio a fin tus lectores.




Señora Nostalgia dijo
Abejita, pero me parece que este comentario se aplica no sólo a los poetas sino también a los literatos, pintores y al resto del género humano que se ha destacado. Yo no creo que la gente se envanezca porque llega a ser un poeta reconocido. Yo creo más bien que el elixir de la fama son muy pocos los que lo saben manejar bien, sin embriagarse. Qué pena, verdad? Pero también he conocido gente maravillosa que a pesar del éxito sigue siendo muy sencilla. Me gusta tu blog. Soy una admiradora ferviente de Vargas Llosa y me he leído casi todos sus libros. Madeleine
19 Septiembre 2006 | 06:11 AM