LA PINTURA Y LA POESÍA, IMAGEN Y PALABRA
Cortesía: www Artmotiv.com
ARTMOTIV 12
ALBERTO FLORES
(…) Mi paseo callado es una conversación continua, y todos nosotros, hombres, casas, piedras, letreros y cielo, somos una gran multitud amiga, que se codea con palabras en la gran procesión del Destino. Son las calles antiguas con otra gente, hoy las mismas calles diferentes son personas muertas que me están hablando, a través de la transparencia de la falta de ellas, hoy son remordimientos de lo que hice o no hice (…)
Fernando Pessoa
Acrílico sobre lienzo, 60 x 80 cm

- Sueño cotidiano.
La riqueza del imaginario del artista se funda en la capacidad ilimitada de crear y recrear mundos nuevos. Esta inédita realidad existente y estructurada plásticamente es el escenario propicio donde muchas veces se representan certezas y dubitaciones, que la magia de su condición plástica hace que podamos asumirlas como verosímiles.
Este conjunto de pinturas de Alberto Flores va más lejos de lo que aparenta, aunque pueda resultar algo extraño reconocerlas e identificarlas, de acuerdo con las formas y configuraciones a las que estamos acostumbrados, y de acuerdo también al tipo de mutaciones que las han afectado. Es notable en esta serie la casi absoluta prescindencia del color, si la comparamos con las anteriores, algo más lúdicas en este aspecto, aunque cabe remarcar que esa condición lúdica no está ausente del todo en esta ocasión, ya que este mundo particular que se expresaba tan generosamente en términos cromáticos ha ido derivando hacia un juego de representaciones y actitudes de otros personajes que ahora encarnan un nuevo relato visual que desarrollan sobre un sorprendente entorno imaginario, aparentemente urbano.
Pero hay algo en este entorno que nos permite rastrear su procedencia. Contemplar la obra expuesta no solo implica la confrontación con un trabajo terminado, estamos ahora ante un relato interminable, donde los personajes transitan distraídos sobre una urbe monocorde y monótona. Quizá solo ejerciendo una relación, entre lúdica y azarosa, con el espacio, sin percibir los detalles, sin tener una cabal dimensión del escenario, como ignorando o huyendo de esa escenografía, como si hubiera algo que llevara a los cuerpos siempre más lejos de sí mismos, alistándose con cierto desenfado en los gestos a tomar el camino desconocido, para ir o para regresar, porque su curiosidad es mucho más grande que sus propios miedos.
En este contrapunto hay dos mundos antagónicos, uno real y el otro inasible, que se van perfilando y que a su vez van construyendo el escenario desde ese territorio integrador a través del cual las experiencias se articulan.
Es en esa medida que nos queda claro que el arte es un proceso de autoconocimiento, de evocación, de secuencias narrativas en las que predomina el asombro –que es una forma de ausencia–, y que no es más que ese mismo espacio donde se materializan las fuerzas que conforman la vida misma.
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